Quien no ha oído eso de: “yo soy así”. Es cierto y es una bonita excusa. Esto ha pasado siempre pero ahora más.
En este siglo las personas somos más conscientes de nuestra propia individualidad, nos reconocemos más como individuos, queremos que nos respeten tal y como somos. Vemos nuestra identidad como algo dado, externo a nosotros. Esto nos lleva a entender que “actuamos como somos”. Y es cierto, en función de la identidad que cada uno de nosotros nos otorgamos entendemos que conlleva un tipo de comportamientos, y con ello dejamos de asumir la responsabilidad plena sobre nosotros mismos.
Este tipo de pensamiento cierra las puertas a la evolución personal de cada uno de nosotros.
Esta idea se ha venido reforzando por un mal entendimiento del concepto de autenticidad, tan en boga hoy en día. Entendemos por autenticidad actuar según la persona que somos, esta es una definición reducida y por tanto falsa. Hay autores que definir la autenticidad como “la capacidad de ser uno mismo, de forma natural y preocuparse genuinamente por los demás”. Esto se enmarca en una visión compleja de la persona, combinando al mismo tiempo la diferenciación y la integración.
